La belleza del odio, pt. 2

Hola, lector. En esta nota te dejaré ver sólo un pedazo de mi pútrida alma, corroída y corrompida con el aliento del mundo. Verás relojes marcando la hora de tu muerte, amenazándote con sus agujas, apuntando un futuro incierto; sangre emanando de cicatrices acariciadas de nuevo, resultado de la falta de amor; y un espejo con tu cara, a medio comer por los gusanos, hundida y chorreante.

¿Por qué tanto drama?

¿Por qué tanto dolor?


Ahora hay gente a tu alrededor gritando tu muerte.

Gritan, “¡Hazlo, vamos a hacerlo rápido y sin dolor!”, “¡Sin miramientos ni dudas!”. Y alguien, cerca, muy cerca de ti susurra...

“Y más importante: sin miedo”.

De repente, sientes el tiempo. Lo sientes como si existiera físicamente sobre ti, y te recuerda que ella lo reclama. Un remolino de recuerdos y vagas sensaciones dolorosas quieren llegar y lo sientes y lo presientes y lo ves pero...

No.

Y ahora estás solo... miras a tu alrededor, quieres ver a alguien, pero es imposible... con unos ojos tan manchados.

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